Esa soledad elegida de Lobo -en inglés, solitude-, diferente a la impuesta -loneliness- es la protagonista de su nuevo libro, Las ciudades evanescentes (Ed. Península), en el que también aborda otras cuestiones como la pandemia, el futuro de las ciudades habitables, el periodismo, la importancia de los objetos elegidos como prolongación de uno mismo, la despensa de los afectos, las distancias impuestas por la COVID-19 y las ya existentes antes del virus, en una forma de vida “digital y apresurada”.

Las ciudades evanescentes es una conversación que el autor mantiene consigo mismo desde esa soledad buscada y a través de ella, paradójicamente, ofrece un cálido acompañamiento, casi hogareño, de chimenea y manta. 

¿Cómo comenzó la idea de este libro?

Arranca hace más de dos años estando yo en Nueva York, una ciudad que siempre me ha gustado, en la que me encuentro como en mi casa. Como dice el libro de White, es la capital de los averiados. Como yo estoy averiado y lo sé y no me importa, allí me encuentro perfecto. Todo el mundo está muy cerca pero cada uno en su sitio. Es la ciudad perfecta para la solitude, la soledad elegida. El problema es que si tienes loneliness -soledad impuesta- es la ciudad más equivocada, y si tienes emptiness, vacío existencial, estás jodido allí. En esa ocasión aterricé en Nueva York y era como si nada funcionara, como si hubiera entrado por la tramoya y viera todas las mentiras de la ciudad. La gente no me saludaba, seguramente nunca lo había hecho, no me sonreía, probablemente nunca lo hacía, si sostenía una puerta no me daban las gracias…. Esta vez todo eso me atrancó.

¿Por qué cree que fue?

Porque venía atrancado de Madrid. Venía de ver cómo mi barrio madrileño estaba desapareciendo, evanesciéndose, con las tiendas de turismo, iban cerrando tiendas de cercanía. Por ejemplo, un supermercado detrás del mercado de San Miguel que me gustaba mucho lo cambiaron por un Ale-Hop. El día que cierren los Ale-Hops será el síntoma de que empiezan los nuevos tiempos. Mi barrio estaba lleno de turistas, de gente con el móvil que no miraba la ciudad, sino que miraba la ciudad a través del móvil. Creo que fue eso lo que provocó mi mala entrada en Nueva York. Así que empecé este libro. Volví a Nueva York las navidades pasadas, cuando el libro estaba ya casi terminado, y fue fantástico, de nuevo me encontré bien en la ciudad. 

¿Por qué?

Porque ya me había curado con todo este proceso psicológico que es este libro, que para eso sirve. Y además me había dejado una barba muy larga, así que todo el mundo me veía e incluso me tocaba, una dependienta en Macy's me dijo que yo era un Papá Noel muy auténtico. Fui visible al fin y fue fantástico. 

Y luego llegó la pandemia 

Justo cuando acababa de terminar el libro. Primero pensé que tenía que tirarlo pero después me di cuenta de que ahora tenía más sentido. Yo había escrito un libro en el aire y ahora es un libro en las raíces. Pero no puede perder su objetivo, que es un libro sobre la soledad, no sobre la pandemia. Ésta lo que ha hecho ha sido multiplicar lo que ya había. 

¿Qué cambió del libro? 

No he cambiado mucho, simplemente reordené, quité un poco, puse otro poco. Pero no sabía qué era presente y qué pasado. Así que decidí que todo lo que no fuera absolutamente estable, como es la soledad o la estupidez o el miedo, sería pasado. Eso me desatascó y dio un sentido al libro que antes no tenía. 

¿Qué es eso de que la soledad y la estupidez son estables? 

Sí, lo son porque no van a desaparecer nunca, son consustanciales al ser humano. La estupidez es evidente, todos somos estúpidos, lo que pasa es que tenemos grados de estupidez. Todos somos estúpidos en bastantes cosas, pero en algunas no. Lo que que pasa es que hay gente que consigue ser estúpida en casi todas. Por lo menos, en casi todas las visibles. Eso no va a desaparecer. Y la soledad tampoco va a desaparecer, que la gente se sienta sola. Hay que distinguir entre la solitud, que es algo positivo, y la emptiness… 

Habla en el libro de esas diferencias entre las soledades, reivindicando la suya, la solitud.

La solitud es cuando sales y te apetece estar solo. Activas tu mundo y ya está, no necesitas nada, estás feliz, como en tu casa. Por ejemplo, yo en mi casa tengo un montón de objetos que me hablan, que tienen un nombre, entonces estoy bien ahí. No intento huir. No he sido una persona que ha tenido que estar 14 horas en un periódico o en una redacción porque no quería irme a casa, a mí me gusta mi casa, yo iba a una redacción porque era mi trabajo, y si iba a una guerra, era porque era mi trabajo, no por huir de nada. Pero sí he visto gente en mi trabajo que estaba ahí todo el día, como huyendo de algo. Una vez le dije a uno: “Si no quieres ir a tu casa, si quieres voy yo por ti”.

Y ¿por qué la necesidad de hablar de la soledad vinculada a las ciudades en este momento de su vida? 

Pues porque Itaca en realidad es la muerte. Al principio, cuando eres joven, vas corriendo, no te fijas en nada. Pero llega una edad en la que empiezas a ir más despacio: para qué voy a correr si ya sé a dónde voy. Empiezas a darte cuenta de los matices, de los olores, de los sabores, de otro tipo de cosas que te apetecen. Estoy en un momento en el que me voy repasando. Y más con la jubilación inminente, necesito sentir esa especie de pertenencia de sitio que no tengo, que lo tuve en algún momento en Madrid en algunos barrios, pero que ahora lo he perdido.

No he encontrado ningún sitio. Así que regreso a mi barrio, quiero recuperar mi barrio, que vuelva a ser un sitio donde esté a gusto. Y en ese sentido la pandemia es una oportunidad para repensar los barrios, para repensarnos. 

¿Cuál sería su ideal de Madrid? 

Un Madrid donde te puedas mover seguro en bici, con carriles separados. Que vuelvan los tranvías, que haya menos coches, más plazas, más bancos, más sitios donde compartir. Que exista una plaza que se llame Plaza de la Conversación. Una ciudad que vaya despacio, con regidores más valientes. No hay nadie que tenga un plan de ciudad a veinte años. Hay que tenerlo, y que sea uno en el que la gente vuelva a ser protagonista. 

El diseño de ciudad influye en nuestro modo de vida e incluso en nuestro tipo de soledad. Las políticas pueden atravesarnos mucho a nivel personal.

Sí. En política local tienes la inmediatez, el contacto con los ciudadanos. Pero hay que estar a la altura. Hace falta un concepto de ciudad. Tengo mucha esperanza en la recuperación de los movimientos vecinales en los barrios. En la Transición eran muy fuertes, pero los captaron el PSOE y el PCE, que necesitaban cuadros. Y ahora pasa lo mismo con Podemos, ha captado líderes, pero creo que ese movimiento vecinal aún así puede seguir, tengo esperanza en ello, en la capacidad de la ciudadanía para poner en marcha muchas cosas, para defender lo público. 

Escribe en el libro que “la distancia terapéutica ya estaba en nuestra forma de vida digital y apresurada". 

Sí, porque la gente no entraba en contacto. Podemos viajar de una ciudad a otra sin salir de la ciudad: las mismas tiendas, los mismos nombres. Ya existía la distancia antes de la pandemia, había miedo al contacto, y una distancia social evidente, los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres.

Ahora bien, la pandemia multiplicará muchos problemas que teníamos, como los malos tratos, la pobreza, la exclusión social, etc. Estamos en un mundo muy injusto, desigual y peligroso. Pero me temo que la pandemia, aunque es una oportunidad para mejorarlo, se va a desaprovechar. 

A lo largo de su vida ha viajado mucho y ahora en este libro hace un viaje interior. Los objetos son su compañía, habla de ellos como las últimas barricadas de los afectos, como la prolongación de lo que somos.

Desde muy pequeño, quizá por la dictadura de mi padre, he sabido recogerme en espacios muy pequeños. Mi habitación fue mi primer espacio defensivo. Me acostumbro fácilmente al ambiente, me pasa con la temperatura también. No sudo ni paso frío. Me acostumbro. Eso me ocurre con todo. ¿Hay guerra?: me acostumbro. Me sé manejar en esas circunstancias y no caigo en la melancolía.

Siempre he tenido la capacidad de entender cuáles son las fronteras de cada momento y disfrutar la oportunidad que me genera ese espacio, sea pequeño o grande. En mi casa por ejemplo: es como si en el confinamiento todo el mundo me hubiera copiado mi estilo de vida. Me he encontrado muy bien, he podido salir a comprar, no he necesitado grandes cosas, no me he encontrado mal en ningún momento.

Dice también que vivir guerras le sumerge en el dolor extremo y que toda su vida ha sido un entrenamiento para sobrevivir a la ausencia.

Sí. 

¿Cómo es eso, cómo marca, qué herramientas da?

Mi primera ausencia fue mi padre. En realidad no tuve padre, tuve un dictador. Él se perdió un hijo y yo un padre. Eso ya lo resolví en mi libro 'Todos los náufragos', comprendí que los dos habíamos sido unos gilipollas, yo también. No es que haya hecho las paces con él, pero sí me encuentro bien, ahora voy al cementerio y no tengo problemas con él. Yo me sentí muy solo y desprotegido de niño, así que tuve que crearme mis propias herramientas, muchas de ellas de ficción, no son reales, pero te funcionan. Luego, cuando me han tocado despedidas, por ejemplo novias que desaparecen de tu vida, pues lo mismo: acoto, pienso “ha estado bien, muy bien, he aprendido cosas, sí”, y sigo adelante. No pasa nada, no me voy a quedar en el dolor porque no me aporta nada. 

Las guerras no es que me hayan entrenado más, es que yo ya había entrenado de otro modo, y me he encontrado bien en ellas, porque te dan una oportunidad de contar cosas, de conocer gente, gente que te sorprende y que te dice una frase que en tu puta vida se te habría ocurrido y que te la aplicas a tu propia vida. Todo eso ha sido como un depósito de riqueza. 

Ahora está a punto de jubilarse. 

Es un periodo por una parte jodido, porque entro en la vejez, pero por otra parte cojonudo. Me queda un mes para jubilarme. El día que me jubile saldré a gritar por las calles, me parece una etapa maravillosa, dejar de trabajar y cobrar, un paso gigantesco.

Y eso, ¿cómo influye en su relación con la soledad? 

Es una soledad muy egoísta la mía, porque me gusta estar solo pero también cuando decido salir me gusta encontrarme con gente. Claro, mis amigos se pueden haber olvidado de mi, porque nunca estoy. Ahora mismo tengo diez o doce amigos cerca de mi casa y pueden pasar semanas sin vernos o llamarnos, y eso también es culpa mía. Pero me defiendo mucho con la cabeza. 

Ayer me comí un cocido en la calle Santiago: es lo que hacía con Bru Rovira cuando él vivía en Madrid, una vez por semana. Lo comí, la silla estaba vacía, pero yo me sentí acompañado pensando en Bru en esa silla. Si está Bru, bien; pero si no está, me vale la memoria de Bru. Me alimento mucho de la imaginación. Tengo que tener cuidado, porque dos pasos más allá está la locura, pero tampoco me preocupa mucho. 

La muerte también está presente en el libro. 

Pienso en mi madre, que tiene Alzheimer, se mantuvo muy bien hasta los 89. Yo quiero morirme a los 88, la edad que tenía Saramago, que murió de pie, con la cabeza en su sitio, perfecto. Juego con esa idea y me divierte mucho también ver cómo la gente se desconcierta cuando les hablas de la muerte, les da miedo, salen corriendo. 

También habla de la riqueza de la compañía de los muertos. 

Sí, mucho. Me llevo muy bien con los muertos, con algunos, sobre todo los muertos familiares. Me voy relacionando con objetos que me recuerdan a personas concretas que ya no están. Pienso mucho en Miguel Gil [reportero asesinado en Sierra Leona], o en Julio [Fuentes, reportero asesinado en Afganistán], en Ricardo Ortega [asesinado en Haití], en mi abuelo y en mi bisabuelo, que no los conocí. Con los muertos me llevo bien y me gusta mucho el rollo africano de pensar que te acompañan. Es mentira, no creo en Dios ni en nada de estas cosas, pero son juegos que no hacen daño y te acompañan. 

Lo que le ha gustado de ser periodista es ver cosas a través de las cuales se puede entender el mundo. Es como ver el engranaje de un reloj por dentro. ¿Eso cree que le ha condenado más a la soledad?

Sí. Sobre todo porque para mí la clave ha venido de mi madre y abuela: la capacidad de adaptación que ellas tenían yo también la tengo. Soy una mamífero que se adapta a cualquier circunstancia. Para tener esa capacidad de adaptación necesitas alimentarte de muchas cosas y la fundamental es la imaginación. Hay gente que la usa para escribir y hay gente que la usa para vivir, yo la uso sobre todo para vivir, y lo paso muy bien. No puedo expresar todo lo que pienso porque la gente pensaría que estoy completamente loco, pero me lo paso muy bien.

También habla de periodismo en el libro, de cómo ha cambiado, de cómo marca la cultura del click.

La sociedad dejó de interesarse por la verdad, ese es nuestro primer problema. Antes había una parte que se interesaba por ella y otra no. Ahora parte de la elite también ha dejado de interesarse por la verdad. Se pueden contar unas trolas tremendas y da igual. Siempre ha sido una minoría la que lee, la que piensa, la que hace. Confiemos en que esa minoría se reactive. 

Creo que los medios nuevos y algunos de los viejos están haciendo muy buen trabajo, se siguen haciendo reportajes en profundidad, sobre todo en EEUU y creo que sí hay gente al otro lado que lo lee y agradece. Lo que arrasa todo es la televisión. Pero yo creo que la televisión generalista tal y como la conocemos está muerta también. 

Dice en un momento dado que se confunde popularidad con credibilidad o capacidad de convencimiento.

Sí. Si un texto tiene muchos likes ya es bueno: pues no, puede ser una mierda. El problema es que el periodismo malo ha contagiado al periodismo general. Si miras lo más visto del New York Times o del Washington Post no aparece nunca una actriz famosa que ha perdido los zapatos, porque ellos no publican eso. Decía Sandro Pozzi sobre el Wall Street Journal una frase maravillosa: “Publican lo que no sale en Twitter”. Y buena parte de los demás repiten lo que sale en Twitter.