Es lo que se aprecia en Nicolás Muller. La mirada comprometida, una muestra que se puede visitar en la Sala El Águila de Madrid y que recorre la trayectoria del fotógrafo húngaro a través de los cinco países en los que vivió hasta su fallecimiento en el 2000. Se compone de 125 fotografías, en su mayoría inéditas, seleccionadas de aquellos negativos desconocidos hasta ahora y que dan buena muestra de la sensibilidad de uno de los documentalistas más importantes del siglo XX.

Ana Muller y José Ferrero, ambos comisarios del proyecto, explican a elDiario.es a través de una videollamada que la intención era hacer una exposición desde el punto de vista de Nicolás dividida en cinco países: Hungría, Francia, Portugal, Marruecos y España. Cada lugar marcó al autor de una forma diferente, aunque todos tienen algo en común: muestran cómo el fotógrafo arrastraba su humanismo y sensibilidad allí donde iba. 

"Nicolás estudió derecho, pero trabajó muy poco tiempo de eso. No le gustó nada la mecánica y el trabajo de los abogados. No respondía a lo que a él le gustaba o quería defender: ocuparse de los más desfavorecidos", explica Ana Muller. 

De hecho, ya en sus primeros compases en Hungría se puede apreciar su interés por aspectos como la vida rural o las tareas de trabajadores de cuello azul. Tal es así, que siendo estudiante universitario formó parte de un grupo llamado "Descubridores de aldeas" con el que se dedicó a recopilar datos sobre la vida de los campesinos de su país natal. "Allí aprendí a ver y a saber lo que la fotografía puede significar como arma, como documento auténtico de una realidad existente, allí me convertí en persona y en fotógrafo comprometido", se puede leer en palabras del propio Nicolás Muller recogidas en la exposición. 

Su actividad comprometida provocó que sus fotografías fueran consideradas antipatrióticas y se interpelaran en el Parlamento, lo que junto a otros motivos provocó su exilio de Hungría en 1938. Pero no fue la única razón. "Sobre todo lo que le hizo marcharse del país fue escuchar por la radio los discursos de Hitler. Aquello le parecía muy peligroso, porque en Viena y en el colegio de alguna manera ya había sufrido cierto segregacionismo por ser judío", añade Ana Muller.

Cambió a París (Francia), donde conoció a otros artistas como Lajos Tihanyi, Brassaï, Robert Capa e incluso Picasso, influencias que le sirvieron para desarrollarse como fotógrafo. "Era muy joven y tendría una dosis de timidez enorme. Fueron encuentros fortuitos en lugares como el Café de Fiore o La Coupole, donde mostraba modestamente su carpeta con sus fotos. Gracias a eso pudo encontrar trabajo en publicaciones de tinte claramente de izquierdas, como podía ser la revista semanal Marianne", apunta la comisaria. 

Un encargo para la revista France Magazine le llevó en 1939 a Portugal, país por entonces dominado por el dictador António de Oliveira Salazar. "Estuvo en Lisboa, Oporto… Lo encarcelaron porque le vieron hacer fotos en los mercados a gente que iba descalza y que no interesaba mostrar al público. Estuvo una semana aproximadamente hasta que su padre, que era masón y pertenecía al club rotario, lo pudo sacar de allí", aprecia la descendiente del fotógrafo. 

A pesar de que escapó de su arresto, Muller no pudo volver a su casa en París por una sencilla razón: la ciudad estaba ocupada por los alemanes. Su huida de la barbarie nazi y fascista le trasladó a Tánger, donde instaló su estudio y pasó ocho años que él mismo definió como "los más felices" de su vida. No en vano, la exposición cuenta con una parte central de color rojo dedicada en exclusiva a su paso por Marruecos. 

Al igual que en otros países, la tónica de sus imágenes se mantiene en Marruecos: sus capturas siguen mostrando el trabajo de obreros, campesinos e incluso niños, a menudo utilizados como mano de obra invisible. También reivindicó un papel que, especialmente en reportajes de posguerra, no ha sido mostrado lo suficiente: el de las trabajadoras. "Las mujeres siempre han estado trabajando, y lo natural sería mostrarlo. Muller lo tenía muy claro y así sale en las imágenes: en todos los países están dedicadas a oficios que a veces eran los más duros", señala José Ferrero. 

Nicolas Muller volvió a cambiar de destino en 1947, fecha en la que se trasladó a Madrid porque, según su hija, ya le resultaba "bastante pesado seguir en Marruecos" y en España estaba la familia de su madre. Fue entonces cuando inauguró su estudio en el Paseo de la Castellana, por entonces llamada Avenida del Generalísmo, desde donde expuso su trabajo a través de los escaparates. "Era bastante novedoso, sobre todo por el estilo que tenía muy diferente a lo que había por entonces. El estudio durante muchos años funcionó muy bien a pesar de solo contar con la ayuda de una secretaria retocadora", asegura la también fotógrafa. 

Allí se codeó con grandes figuras de la época como Pío Baroja u Ortega y Gasset, con los que llegó a entablar amistad. A veces, como relata la hija del artista, hacía trueques de obras a cambio de sus fotos para poder subsistir. "Acabamos teniendo una bonita colección de Pancho Cossío. Un par de veces a la semana mis padres salían y tenían reuniones, o bien con el grupo de artistas o con el de intelectuales", recuerda.

Nicolas Muller falleció en Asturias en 2010, un lugar que ya le fascinó cuando lo visitó por primera vez en el año 47. "Se enamoró de Llanes de tal manera que dijo que cuando fuera mayor se iba a hacer una casa allí. Y lo cumplió. Construyó su hogar en un pueblecito, en Andrín, y allí vivió los últimos 20 años de su vida", expresa Ana Muller desde la misma tierra que cautivó a su padre.