Luis, aunque nunca se dice su nombre en escena, es un asesino. Vive en cualquier barrio de cualquier ciudad española. Ve a los jóvenes juntarse en el parque, les observa y espía desde lejos. Durante la jornada, es un perro con collar, un celador de un centro de menores. Cuando sale del trabajo, se viste como si formase parte de un filme en blanco y negro, como un personaje de una película del director de los años 30 a los 50 Max Ophüls. Abomina de su condición de torturador y carcelero, y ejerce el escapismo. Lucía, en cambio, se agarra a un peluche enorme que hasta hace poco adoraba. Tiene ya 15 o 16 años. No soporta a sus padres, se droga, discute, se golpea, se autolesiona, vive pegada a un móvil y sus lealtades son las de sus amigos.

Esta es la historia por detrás del montaje. Lo que narra la obra. Pero Lima y San Juan hacen convivir lo narrado, con más y menos acierto según el momento, con otros códigos y formatos. El montaje está inspirado en la estética del expresionismo alemán, concretamente en El Vampiro de Düsseldorf, película del austriaco Fritz Lang. Y, además, la obra se alimenta de los testimonios de los jóvenes con los que Lima trabajó en los talleres previos que este director suele realizar al comienzo de sus creaciones. Vemos proyectados sobre el escenario los testimonios de una docena de adolescentes hablando de depresiones, episodios irrefrenables de violencia, trastornos alimenticios, fiesta, falta de cariño, drogas, autolesiones…

Del otro lado, Lima, apoyado en la videocreación de Miquel Àngel Raió, va trufando el espacio de titulares de periódico falsos que hablan de un asesino apodado 'el monstruo', de vídeos reales de violencia ejercida sobre jóvenes, de políticos con la cara tapada abogando por la seguridad. De un lado, la fragilidad e intimidad de los jóvenes que nos hablan. De otro, los ecos de una sociedad alarmada por una juventud violenta y asombrada, al mismo tiempo que adicta a historias de asesinatos y vejaciones. Saltamos de un teatro expresionista a un teatro documental; de ahí, a un teatro naturalista. En ciertos momentos, esos cambios llaman la atención: “No me preocupan”, explica Lima a elDiario.es, “creo que el espectador ya está educado y acostumbrado teatralmente a ello. Lo hemos tratado como cuando cambias de canal en la televisión, creo que estamos acostumbrados”.

La obra, en palabras de su director, no “pretende abarcar todos los problemas de la juventud de hoy en día, pero sí hemos querido tratar un tema como el de la violencia”. Para ello, Lima estuvo entrevistándose con psicólogos, miembros de bandas, abogados y funcionarios públicos. “Hablando con una abogada de menores no acompañados”, recuerda el director, “nos contaba cómo los casos de violencia de menores desde los años 60 siempre han sido muchos menos que en otros colectivos, pero claro, los casos con los jóvenes siempre han tenido una atención mediática tremenda, muy melodramática, solo hay que acordarse de las niñas de Alcàsser”, razona. “La abogada resaltaba el interés de grupos conservadores en reflejar una gran violencia juvenil porque influye mucho en la percepción de la seguridad de los ciudadanos. Se utiliza a los jóvenes para acrecentar la paranoia de la seguridad”, explica Lima, que ha introducido en la obra conversaciones entre tertulianos tan delirantes como habituales en nuestros medios.

"Todo eso está en la obra. Pero, sin embargo, hablando con Proyecto Hombre y con psicólogos y psiquiatras, lo que sí nos decían es que toda esa violencia que genera la sociedad en su conjunto, y que reflejan sus medios, sí que ha creado una angustia muchísimo mayor dentro de los jóvenes. Y que los casos de angustia, de obsesiones y de problemas alimentarios están creciendo cada vez más. Es esa situación también la que nos llevó a levantar este montaje”, concluye.

La obra se sustenta en dos poderosas actuaciones. La de un actor que últimamente está por encima del bien y del mal, Jesús Barranco, que vive una madurez que le permite hacer con una libertad en escena asombrosa. Y una incipiente Lucía Juárez, que ya trabajó con Lima en Prostitución (2020) y Paraíso perdido (2022). Juárez ejerce un trabajo de actuación en la línea floja. Violenta, extremadamente dramática, vulnerable, enfermando la voz y el cuerpo, Juárez compone una adolescente compleja y bien viva. En una escena después de una disputa con los padres, Lucía se realiza cortes en las ingles y los antebrazos; vemos a una joven pidiendo dolor para no sufrir, ejerciendo una autolesión ficticia pero cruda y que descompone el ojo del espectador.

Al preguntarle al director si fue difícil la elección de esta escena y su tratamiento, Lima afirma: “Las autolesiones son un tema que ha sido muy recurrente en las entrevistas que hemos tenido, tenía que estar y no ha habido dudas, es lo que es y tal cual se hace en escena”, dice con crudeza. “A mí, oír y ver que hay adolescentes que hacen esto, que se hieren para parar su dolor, me hace llorar, creo que es una de las cosas que más me afectan y que más claro dejan lo mal que lo estamos haciendo, lo incapaces que somos todos, lo poco educados emocionalmente que estamos para tener chavales que estén haciendo esto”, añade.

Peter Kürten fue ejecutado en Düsseldorf en 1931 por nueve asesinatos, siete intentos frustrados y más de 80 agresiones. Lo decapitaron. Durante más de dos años aterrorizó a esta ciudad alemana. Le apodaron 'el vampiro' porque bebía la sangre de sus víctimas. Hoy la fascinación por los psicópatas, por los monstruos, sigue siendo tan voraz como en la Alemania prenazi en la que Kürten ocupó portadas y desplegó ríos de tinta. Una fascinación que parece decir que ellos son lo que los demás humanos no somos. Hoy, la cabeza degollada y momificada de Kürten se sigue exhibiendo en un museo en Wisconsin Dells (Wisconsin, EEUU). Una evidencia de sadismo voyeur que pone en duda la tesis de los monstruos como anomalías en lugar de como productos de la sociedad misma.

El gran Fritz Lang filmó su historia el mismo año de la ejecución del personaje real, con Peter Lorre como protagonista. Puro cine alemán negro y expresionista al mismo tiempo que una de las críticas más acérrimas al sistema moral de la sociedad alemana, que poco después auparía el nazismo. Asesinato y adolescencia en cierto modo opera de la misma manera. Andrés Lima dice haberse sentido fascinado desde que vio la película con 12 años y cuando realizó el montaje tuvo claro inspirarse en esta película aunque “en este caso la protagonista es Lucía, la víctima, y no el asesino”, apunta Lima. “Pero aparte de por la estética, sí que veo concomitancias entre el momento en que vio la luz la película y el presente. Hay muchos aspectos de la película que te hacen revisitar la actualidad, la violencia sucede siempre en un propicio caldo de cultivo como son las crisis económicas o el renacimiento de los fascismos”, explica.

La película inspira el tono y la estética de la obra que es de un claro expresionismo dramático, sobre todo en sus primeros 15 minutos, donde no entra la palabra dicha y sí el cuerpo de los actores, las sombras que proyectan, las luces de claroscuro y una presentación de los personajes propios del psicologismo del director F. W. Murnau (Nosferatu) o el propio Lang, “pero ese expresionismo de la obra”, argumenta Lima, “lo hemos llevado hasta sus últimas consecuencias, todo el trabajo con la escenografía, con el vídeo, con la luz o con la música intentan exacerbarlo, intentamos que ética y estética vayan de la mano”, explica.

Destaca la escenografía de Beatriz San Juan, un simple muro, móvil y flexible que va moviéndose en escena y tiene el peso de otro personaje que en momentos asfixia, en otros –al acercarse o alejarse– ejerce como el zoom de una cámara. Y destaca también la música creada por el inglés Nick Powell, que trabaja sobre la base, trama y sonidos propios de música de la juventud actual y lo contrapuntea con el sonido de la canción que oye el monstruo, La niña de fuego de Manolo Caracol. Con esta canción en una mano y en la otra Comerte toda de C. Tangana, Powell elabora una sugerente y eficaz banda sonora, algo nada usual en el teatro nacional y que este músico, responsable de la pista sonora en obras de Sam Mendes como The Ferryman o The Lehman Trilogy, borda.

Pero la modificación más sustancial con respecto a la película de Lang viene dada por el texto escrito por Alberto San Juan. Si bien al comienzo de la obra Lima hace una recreación del gran momento de la película de Lang donde Peter Lorre se contempla y deforma frente al espejo, a lo largo de este montaje teatral la figura que encarna Barranco va humanizándose, saliendo del esquema del psicópata: “Más allá de Peter Lorre, la otra principal fuente para crear el personaje ha sido mi propia soledad, mi propio miedo y mi propia capacidad para hacer daño”, explica San Juan a este periódico.

“La obra habla de comportamientos violentos individuales que nacen de una sociedad estructuralmente violenta. Lo verdaderamente monstruoso es la sociedad en sí”. San Juan intenta salvar al monstruo, ya no es el psicópata incapaz de sentir que aparece en las teleseries americanas, sino alguien desequilibrado que, en el contacto con la joven Lucía, pareciera encontrar la posibilidad de salvarse. Al final de la obra veremos a estos dos seres, asesino y víctima, igualmente indefensos y perdidos, tan necesitados el uno como el otro.

La obra estará hasta el 5 de noviembre en las Naves del Español (Matadero, Madrid). El 10 y 11 de noviembre pasará por el Teatro Soho de Málaga y el 17 del mismo mes recalará en Castellón. La gira se retomará ya entrado el año que viene. Asesinato y adolescencia, además de una obra necesaria y que compele a la sociedad entera, se revela como una oportunidad de poder acercar al público joven el teatro, algo que en este país no parece haberse trabajado demasiado ni desde las políticas de público de los teatros ni desde las políticas culturales de la administración. Este montaje es una oportunidad. Su lenguaje contemporáneo y nada paternalista bien lo permiten.