La muerte de Alexei Navalni y el aumento de la represión desde el inicio de la guerra han condenado la disidencia a la cárcel, al exilio o al silencio autoimpuesto
25 años sin piedad: cómo ha silenciado Rusia a los opositores de Putin
El 27 de febrero de 2015 asesinaban a tiros a escasos metros del Kremlin al opositor más popular a Vladímir Putin, Borís Nemtsov. Cinco personas fueron sentenciadas como ejecutoras del crimen, pero a día de hoy sigue siendo un misterio quién fue el autor intelectual.
El portavoz del Kremlin llegó a decir que Nemtsov, quien había denunciado la corrupción en los Juegos Olímpicos de Sochi y se oponía a la guerra del Donbás, no representaba “ninguna amenaza para el presidente” y que su nivel de popularidad estaba “solo un poco por encima del de un ciudadano medio”. Una afirmación parecida a la que usó Putin cuando se le preguntó por su responsabilidad en el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya en 2006. Entonces el presidente ruso respondió que “su influencia política era mínima” y que su muerte había causado “más perjuicio al Gobierno que sus publicaciones”.
Cuando se cumplen 10 años del asesinato Nemtsov, la oposición rusa vive su peor momento desde la llegada de Putin al poder. Los ciudadanos críticos con el régimen han perdido a todos sus referentes después de la muerte en cautiverio del último gran disidente, Alexéi Navalni, en febrero de 2024. El recrudecimiento de la represión con el arranque de la invasión en Ucrania ha condenado a la cárcel o al exilio a las pocas voces contestatarias. Y las que han optado por quedarse en Rusia se han autoimpuesto el silencio para sobrevivir.
Repliegue y exilio interiorLos ciudadanos que acudieron con flores al cementerio de Borísovo en el primer aniversario de la muerte de Navalni lo hicieron conscientes de que aquél era el mayor gesto de protesta que se les permitía. La cola avanzaba lenta, en silencio, bajo la vigilancia de policías de paisano y de una cámara que no perdía detalle de ninguno de los presentes. Y a pesar de que la mayoría de la gente hablaba de esperanza, había en el reconocerse unos a otros un ejercicio de resistencia y autoafirmación.
Los analistas señalan que lo único que puede hacer la oposición ahora mismo es autopreservarse y permanecer atractiva a la población en un momento en que no tiene capacidad de organización. El politólogo Andrey Makarychev, editor del libro Boris Nemtsov y la política rusa, habla de una “despolitización” de aquellos que podrían encarnar una alternativa. “No hay política en Rusia, la política empieza con la capacidad de decir no y eso ha sido exterminado”, añade. Su diagnóstico es demoledor: “Existen algunas islas de pensamiento distinto, pero son incapaces de adquirir entidad política, no son ni siquiera objeto de estudio; son solo personas”.
En minoría y sin líderesTampoco las cifras de rechazo a Putin indican que el número de críticos haya crecido sustancialmente en los últimos tres años desde el comienzo de la invasión. Según el Centro Levada de análisis independiente, el porcentaje de rusos contrarios al Gobierno se mantiene entre el 20% y el 25%. “Son datos deprimentes”, apunta el profesor Makarychev, que lamenta que “esta tradición democrática siempre ha estado en minoría y ha sido subyugada por fuerzas mucho más potentes de la política rusa”.
Hace un año, el escritor Borís Akunin, en el exilio desde 2014, predijo que “un Navalni muerto sería una mayor amenaza para Putin que uno vivo”. Sin embargo, la realidad es que su desaparición descabezó el movimiento. Para Makarychev, la muerte de Navalni fue “un golpe mucho más duro” que el asesinato de Nemtsov porque supuso “el fin del proyecto democrático en Rusia”.
Ninguna de las otras figuras destacadas en el exilio ha conseguido el liderazgo y la ascendencia que ellos dos tuvieron en su día. Ni siquiera hay nada que invite a pensar, según el profesor, que un hipotético fin de Putin en el Kremlin abriría “una nueva página en la historia de Rusia”. “El putinismo puede sobrevivir como modelo de gobernanza”, añade.
La Rusia que pudo ser y no fueLa mayor paradoja del asesinato de Borís Nemtsov es que durante muchos años todo el mundo pensó que él y no Putin iba a ser el futuro presidente de Rusia. En los 90 era casi como un ahijado para Borís Yeltsin, que declaró en varias ocasiones que se convertiría en su sucesor. Pero cuando lo nombró viceministro en 1997, sus políticas y su talante desacomplejado lo volvieron incómodo para determinados sectores de la élite y fue víctima de una descarnada guerra de información auspiciada por parte de la oligarquía que acabó provocando su descrédito.
Finalmente Yeltsin, debilitado, acabó eligiendo a un desconocido Vladímir Putin para que ocupara su puesto. “Fue una decisión de aquellos que susurraban al presidente, de los asesores”, explica Makarychev. “lo percibían como un peligro, como una amenaza estratégica”. Nemtsov llegó a apoyar a Putin en su primera campaña electoral en el 2000, aunque, según el profesor, siempre estuvo entre “los más escépticos” de los liberales. No tardó en distanciarse del nuevo presidente hasta acabar erigiéndose en su rival más acérrimo. En 2015, poco antes de su asesinato, admitió que temía por su vida, pero realmente nunca creyó que pudieran matarlo.