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La humillación del joven Coetzee
Pero en mis tiempos, qué quieren que les diga, eramos más cuidadosos a la hora de elegir la música. 

Se había puesto de moda el hacerlo con el Boléro de Maurice Ravel, como en la película esa donde aparecía Bo Derek, una mujer que representaba el hambre a esa edad en la que todo cuerpo era comida. Para ella, para Bo Derek, el Boléro de Ravel era la música perfecta para hacer el amor y nosotros nos lo creíamos. Ahora, que leo Verano, la última entrega de las memorias de Coetzee publicadas por Random House, ahora, me acuerdo de estas cosas, pues el autor sudafricano cuenta cómo se enrolló con una mujer casada y de más edad que él. Una de las veces, Coetzee apareció en  la habitación con una casete del quinteto de cuerda de Schubert. Su intención no era otra que la de ponerlo para que acompañara el momento más carnal de la noche. 

Llegado el aria del violín, Coetzee intentó seguirlo y a ella la situación le pareció “forzada y ridícula”. Tanto fue así que ella se soltó y le explicó a Coetzee que la música nunca trata del acto sexual en sí, sino del juego previo, es decir, del cortejo. “Llévate a tu Schubert. Vuelve cuando puedas hacer las cosas mejor”, le dijo. Coetzee  no aceptó su derrota y huyó de la casa enfurruñado, con el Schubert entre las piernas.

A mí me sucedió algo parecido con una mujer de la que hasta ahora no había guardado memoria, pero que, con la lectura de Coetzee, se ha vuelto a manifestar en carne viva de manera humillante. Confieso que, mientras el Bólero de Ravel sonaba en el tocata, ella empezó a bostezar; el sueño dominaba sus párpados. Cuando terminó la pieza, se dio media vuelta y se quedó dormida, pero antes me dijo algo que me arrugó por completo: “Cariño, no te preocupes, si alguien me pregunta cómo fue contigo le diré que ha estado muy bien”. 

De esta manera, no sólo comprendí que una mentira puede salvar la reputación de un hombre, sino que el acto sexual es una coreografía que fluye – y nunca se fuerza- sobre el pentagrama de la carne. Por eso mismo, Maurice Ravel, compuso su pieza igual a un traje a medida para Ida Rubinstein, la bailarina que se presentó medio desnuda, o eso dio a entender, el día de su estreno en la Ópera Garnier de París, en 1928. Lo demás -con permiso de Nacho Vidal- es trabajo sucio y pornografía.

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