
España hace frente a un "ciclo de crecimiento insólito" en el que el PIB, el empleo, los salarios y el rendimiento de la mano de obra crecen, algo que no había sucedido hasta ahora. Pero las cicatrices de la burbuja inmobiliaria todavía arrastran a la eficiencia del patrimonio empresarial
La gran concentración: Catalunya y Madrid acumulan casi el 40% de la economía y agrandan la brecha regional
Nunca antes en la historia económica de España habían coincidido cuatro factores: el crecimiento del producto interior bruto (PIB), el del empleo, el de los salarios y el de la productividad.
Los últimos datos del INE publicados este viernes confirman que la tendencia continuó en 2025. Además del avance del 2,8% del PIB, la productividad por hora trabajada –la mejor medida para la medición de este fenómeno– avanzó un 0,7% en todo el año. En el Ministerio de Economía ya hablan de un “ciclo de crecimiento insólito” y de la “modernización del modelo” productivo del país.
Y sí, los trabajadores españoles nunca habían sido tan eficientes como en la actualidad. Pero hay una pata fundamental que cojea a la hora de sustentar el ciclo económico: el capital, cuya productividad no solo no ha recuperado los niveles previos a 2008, sino que está muy lejos de los que marcaba hace 30 años. La explicación, como casi todo en la historia económica reciente de nuestro país, está en el ladrillo.
Un informe reciente del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), en colaboración con la Fundación BBVA, muestra esa brecha cada vez más grande entre la productividad del trabajo, disparada en las últimas décadas, y la del capital, hundida desde principios de siglo y que solo ha comenzado a levantar la cabeza en los últimos años. El gráfico, reproducido bajo estas líneas, muestra que el trabajo era un 18% más productivo a finales de 2024, mientras que el patrimonio acumulado lo es un 23% menos.
El rendimiento de los trabajadores, medido por hora trabajada, se mantuvo estancado hasta la crisis inmobiliaria, cuando se disparó de manera casi mecánica por la destrucción de empleo en esos años. Esta métrica surge de dividir el total de lo producido entre el trabajo empleado para conseguir esa producción. Al haber menos empleados entre los que dividir la economía, el resultado mejora. Por eso sorprende a los expertos, sindicatos y al Gobierno que en los últimos años se haya disparado la productividad al tiempo que el mercado laboral rompía techo tras techo.
Del boom inmobiliario a la crisisLa productividad del capital empezó su caída libre a finales de los 90 y no tocó suelo hasta 2014, cuando la economía española empezó una tímida recuperación. El profesor emérito de la Universitat de València, director de investigación del IVIE y uno de los responsables del informe, Francisco Pérez, explica que en estos años el stock acumulado sufrió de dos fenómenos distintos, de exceso y de defecto, que provocaron el hundimiento.
“Durante el boom inmobiliario se invirtió muchísimo y el ritmo de crecimiento del stock de capital fue más rápido que la generación de valor añadido en la economía”, detalla en conversación telefónica. Esas inversiones, muy centradas en el ladrillo –no solo vivienda, también oficinas, naves, infraestructuras…– y muy duraderas pesan sobre el total de capital. Y aparece de nuevo el efecto denominador, como lo llaman los economistas: la economía no producía tanto como se construía. Después estalló la burbuja y el ladrillo seguía ahí. “Son inversiones que tienen una vida útil muy larga y, por tanto, si están sin utilizar o solo son parcialmente utilizadas, están pesando en el cálculo de la productividad”, señala el académico.
Ahora bien, que el capital sea menos productivo no significa que no esté jugando su papel como impulsor de la economía. Si los trabajadores somos cada vez más eficientes es porque empleamos cada vez más capital. “Somos más productivos porque nos beneficiamos de tener mucho equipamiento: tecnología, instalaciones, sistemas de comunicaciones, maquinaria… No trabajamos solo con papel y lápiz”, detalla.
Las empresas también crecenDurante años España ha sufrido el sambenito de ser poco productiva y sus trabajadores, poco eficientes. Es un mal que siguen destacando los organismos internacionales. “La gran brecha de PIB per cápita de España en comparación con las economías ricas de la zona euro o con los Estados Unidos se debe principalmente a un déficit de productividad”, apuntaba el Fondo Monetario Internacional (FMI) en un estudio publicado el año pasado. Las razones fundamentales, el menor tamaño de las empresas españolas y su falta de crecimiento, “lo que resulta en una huella económica menor que las de sus pares europeos”, decían los técnicos de la institución.
Pero las empresas también están creciendo. Un informe reciente elaborado por el gabinete económico de CCOO constata el “estirón” de las compañías. Entre 2018 y el 2025, el tamaño medio de las que están registradas en la Seguridad Social ha crecido un 19,3%. Esto es, cada empresa tiene ahora en promedio 12,3 trabajadores, frente a los 10,3 de entonces. Un aumento que se ha producido al tiempo que el número de firmas permanece estable, mostrando una mayor calidad del tejido productivo, también por el lado de los empleadores.
“Las empresas más grandes son más productivas: pueden acceder a financiación más fácilmente, a economías de escala, cuentan con una experiencia de mercado que les permite competir de otra manera. No es que las pequeñas empresas lo hagan mal, pero las grandes tienen ventajas que les permiten esas ganancias de eficiencia, como tener más capital que destinarlo a invertir”, detalla Natalia Arias, economista del sindicato.
Al hablar de productividad, la inversión juega un papel fundamental. Esta variable ha repuntado en el último ejercicio tras varios años de atonía. Los últimos datos del INE arrojan un incremento del 6,3% en 2025. Unos datos que quedan muy lejos del pico alcanzado en 2007, de nuevo antes de que estallara la burbuja. “Retrospectivamente, se puede afirmar que la acumulación de capital fue excesiva, ya que buena parte de esos recursos, financiados con deuda, alimentaron una burbuja, sin potenciar el capital productivo del país”, apuntaba el director de Coyuntura de Funcas, Raymond Torres, en un artículo publicado esta semana sobre, precisamente, la debilidad de la inversión privada. Según el economista, el 49% del incremento de la inversión de los últimos años se debe, fundamentalmente, a las Administraciones Públicas, mientras que las empresas siguen siendo “prudentes en sus decisiones de ampliar la capacidad productiva”.
El profesor de la Universidad Carlos III de Madrid Miguel Artola es escéptico sobre este comportamiento plano de la inversión. Ya apuntó en un artículo en este periódico que el panorama era menos pesimista de lo que se había pensado inicialmente, a raíz de la revisión de la Contabilidad Nacional que hizo el INE a finales del año pasado. “Que esté creciendo por debajo del total de la economía es una paradoja. Mi sensación es que no se está midiendo del todo bien. Es posible que estemos asistiendo a un cambio importante en la composición de la inversión de sectores más tradicionales, como infraestructuras o bienes de equipo, a sectores nuevos y que se esté capturando bien ese cambio”, apunta en conversación telefónica.
No sería la primera vez que el INE hace una revisión en profundidad de sus cuentas. Ya sucedió en 2023, cuando reescribió por completo el relato económico de lo que fue el shock de la pandemia. Algo que vinieron advirtiendo académicos como Artola, que está convencido de que este es un reto que aún se arrastra desde el COVID-19. Y que también afecta a la productividad del trabajo.
Caixabank Research dedicó su último informe mensual a un análisis en profundidad de la productividad en Europa y, en concreto, de la situación por comunidades autónomas. Si bien, en términos agregados, España parece estar por detrás del resto de economías avanzadas europeas en términos de productividad, lo cierto es que las regiones españolas no están tan lejos de sus pares. Euskadi, por ejemplo, se sitúa cerca de la cima, como también sucede con Madrid y Catalunya. “Observamos en bastantes comunidades autónomas que sus inversiones en I+D+i que están por debajo de las regiones equiparables. Hay otras en las que tienen dificultades para conseguir esas economías de aglomeración y densidad, con zonas metropolitanas que permiten sinergias, más capital humano…”, explica el economista senior de Economía español del departamento de estudios de la entidad, Javier García-Arenas. “Es cierto que Madrid y Catalunya ganan peso por la demografía, pero hay factores clave para crecer, como la calidad institucional o su tejido empresarial”, asevera.
Una economía más eficiente, pero sin “balas de plata”Los gráficos que ilustran este reportaje beben de los datos recogidos por el IVIE. Según sus cálculos, la economía española ha crecido en los últimos años no solo por las acumulaciones de trabajo (es decir, no únicamente por creación de empleo) o de capital, sino por ganancias de eficiencia. Eso es lo que mide la productividad total de los factores (PTF), la capacidad de generar valor añadido de la economía, más allá del empleo de los factores productivos. De media, ha avanzado un 1,4% anual desde el golpe de la pandemia, un hito. “¿Va a continuar?”, se pregunta el académico del IVIE, Francisco Pérez. “Seguirá si avanzamos en las inversiones en activos que mejoren la productividad. ¿Qué la incrementa más: construir una nueva nave o mejorar un proceso en unas instalaciones que no son nuevas pero que se mantienen adecuadamente, donde se ha incorporado nueva tecnología y mejoras organizativas y de la cualificación de los trabajadores?”, abunda.
No existen recetas mágicas ni una “bala de plata”, como menciona en ocasiones el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, que solucionen el problema de la productividad, aunque los fondos europeos han ayudado a la mejora. Es fundamental el tamaño empresarial, como abunda García-Arenas: “Cuando comparas España con Alemania, allí la ocupación en empresas de menos de 50 trabajadores es menor, de ahí la importancia de que escalen”. Pero también es clave la reorientación a actividades que generan mayor valor añadido. “Tenemos un peso de sectores tradicionales como el turismo, la construcción o el comercio. Es positivo que vayan ganando peso otras ramas que muestran mayores ganancias de productividad”, añade Pérez. Un dato: el capital de los sectores que producen tecnologías de la información ha disparado su productividad un 12,5% en el mismo periodo, como muestra el gráfico bajo estas líneas.
De fondo, existen dudas sobre si se está produciendo un cambio en el modelo productivo que favorezca esta ganancia de eficiencia. El director del gabinete económico de CCOO, Luis Zarapuz, apunta a una “lluvia fina” que muestra esa dirección. “Cuando cortas la cultura de la precariedad del mercado de trabajo, subes el suelo de muchas empresas para competir y las estimulas para favorecer la inversión. Hay un cambio estructural en el que la mayor parte del empleo que se está generando se ubica en sectores de mayor valor añadido. Pero incluso en los sectores de bajo valor añadido se están creando ocupaciones más cualificadas”, celebra.
En las próximas semanas el Consejo de la Productividad, puesto en marcha a principios de la legislatura, publicará su primer informe, que servirá de hoja de ruta para tratar de romper con ese mal endémico de una España improductiva. En una sociedad cada vez más envejecida, con Europa atrapada entre hegemones, es el reto económico clave.







