Colau contó esa anécdota, que oscila entre lo cómico y lo amargo, en septiembre de 2020 durante la presentación del libro Barcelona Fotògrafes/Fotógrafas, coordinado por la historiadora y comisaria de arte Isabel Segura y coeditado por el Ayuntamiento de Barcelona y La Fábrica con prólogo de Laia Abril. Sus páginas recogen el trabajo de 21 fotógrafas que captaron la esencia de la capital catalana desde los años 30 hasta finales de los 90 del siglo pasado. Y dichas imágenes pueden verse ahora en la exposición homónima instalada en la Plaza Comercial, delante de El Born CCM, hasta el próximo  6 de junio. El acceso es gratuito.

Siguiendo el modelo del libro, la muestra repasa cronológicamente a través de 70 imágenes la relación de las autoras con la urbe. Una mirada que amplía la que hasta ahora ha sido la predominante, la masculina. No solo por el papel de la mujer en la sociedad sino por el trato que hasta hace unos años se le ha dado al trabajo de las profesionales de la fotografía. Isabel Segura afirmó en esa misma presentación en la que estaba presente la alcaldesa, que esta compilación no habría sido posible sin trabajos anteriores, en concreto la exposición Fotógrafas pioneras de Catalunya comisariada por la propia Colita, y la historiadora Mary Nash en 2015. "Hay que potenciar la investigación, si no hay una apuesta clara nos repetiremos hasta el infinito y hasta el aburrimiento. Hay que apostar por la investigación para cambiar la perspectiva hegemónica dominante", sentenció Segura.

En esta selección de fotografías –que han salido de archivos institucionales y de colecciones personales– no solo se relata la vida de las fotógrafas y sus condiciones, sino que también vale como biografía personal de la ciudad. Un trasunto de álbum de fotos familiar que no se centra tanto en la grandeza de la arquitectura u otros elementos habituales en el retrato de Barcelona, sino en la cotidianidad, la diversidad e incluso en los andamios de su construcción. El lugar de la mujer no coincidía con el del hombre y a la fuerza tenía que ser diferente.

La muestra se divide en tres bloques, definidos por diferentes periodos históricos que se suceden. El primero de ellos, Barcelona se internacionaliza, abarca los agitados años treinta cuando algunas de las fotógrafas llegan a la ciudad huyendo del nazismo y atraídas por el clima de la Segunda República. Es el caso de Margaret Michaelis, que huyó de Berlín en 1933. Judía y anarcosindicalista durante la Guerra Civil fue fotógrafa y colaboradora del Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya. Llegó a la ciudad el mismo año que Dora Maar, que llegó como seguidora de Gaudí pero acabó inmortalizando el mercado de La Boquería o el barrio del Somorrostro. En pleno conflicto también llegaron a Barcelona dos de las fotógrafas de guerra más importantes de la historia, Kati Horna y la conocidísima Gerda Taro, que junto a Endre Ernő Friedmann firmaba como Robert Capa. 

Ambas captaron la vida durante la contienda pero desde el punto de vista social, sin espectáculo. Taro murió en El Escorial en 1937 después de hacer un reportaje sobre la batalla de Brunete. Horna se exilió a México con su marido al final de la guerra y en 1983 donó la serie fotográfica de la Guerra Civil al gobierno de España. También hay una muestra de la barcelonesa Anna Maria Martínez Sagi, reportera y fotógrafa, que después de trabajar en el departamento de prensa del ayuntamiento de Barcelona se alistó en la columna de guerrillas antifascistas que iba a Zaragoza. Aunque publicó en numerosos medios como El Día Gráfico o el Daily Mail, no se ha conseguido recuperar todo su archivo fotográfico.

El nombre del segundo bloque de la exposición, Barcelona desde la azotea (años 40-70), atiende a la situación de las mujeres en la fotografía, tanto física como social. En los primeros años del franquismo, las fotógrafas pese a ser excluidas del mundo profesional –como en casi todos los sectores con ese lema de 'Liberemos a la mujer del taller y de la fábrica'– continuaron realizando su labor pero desde las alturas. Si desde la calle había control de movimientos había que evitarlas, así que las azoteas o las ventanas se convirtieron en el mirador desde el que disparar cámara. 

Más adelante, sobre los años 50, fueron recuperando su espacio en el gremio y consiguieron desarrollar su trabajo con relativa libertad dentro de una dictadura. Es el caso de Joana Biarnés, considerada la primera fotoperiodista de España, que empezó a publicar en medios deportivos en 1953 y en 1963 entró a trabajar en Pueblo. Se recuerdan mucho sus retratos a celebridades como Carmen Sevilla o The Beatles, pero su trabajo siempre tuvo un gran componente social. Las imágenes de las riadas de 1962 en el Vallés o del maltrato a los hijos de solteras del orfanato San Fernando de Madrid en 1968 (serie por la que tuvo que irse del país durante un tiempo) son algunos ejemplos de su activismo.

Otras cinco mujeres la acompañan en este bloque, todas ellas relacionadas con l'Agrupació Fotogràfica de Catalunya. Carmen García Padrosa y Montserrat Vidal-Barraquer Flaquer, que tenían mucha relación, fueron dos de las impulsoras del grupo femenino de l’Agrupació en el que también participaron, aunque fuese en años diferentes, Rosa Szücs del Olmo, Rosario Martínez Rochina y Milagros Caturla Soriano. 

Gran parte del archivo de esta última está en Estados Unidos por una rocambolesca historia de película de detectives. En 2017, un turista estadounidense llamado Tom Sponheim colgó en Facebook unas fotografías preguntando si alguien conocía al autor. Había comprado un sobre con los negativos en el mercado de Els Encants de Barcelona y cuando los reveló al volver a casa se llevó una sorpresa al ver la calidad de las imágenes. La historia llegó a Begoña Fernández, otra compradora de negativos en el mismo mercado, que decidió tirar del hilo hasta descubrir quién había captado aquellas instantáneas. Y finalmente dio con Milagros Caturla, a quien se le atribuyó el título de 'la Vivian Maier catalana'.

La muestra (y el libro) se cierran con el tercer bloque titulado A pie de calle, dedicado a la obra de las fotógrafas que ejercieron entre los años 70 y los 90. Ya profesionalizadas, su labor, pese a desarrollarse en un mundo eminentemente masculino, está más reconocida. Muchas de ellas, como Anna Turbau, Pilar Aymerich, Anna Boyé o Guillermina Puig participaron en la creación de nuevos medios o en la exploración de nuevos lenguajes gráficos. Interviú, La Vanguardia, Catalunya Express, Fotogramas, Qué leer o Triunfo son algunas de las publicaciones en las que aparecen sus firmas.

Una mención especial merece la revista Vindicación Feminista, formada en 1976 por Lidia Falcón y Carmen Alcalde. Isabel Steva Hernández, Colita, fue la directora de fotografía de la publicación en la que también colaboró Pilar Aymerich. Pese a que solo tuvo tres años de recorrido, fue un trampolín para muchas escritoras, reporteras y fotógrafas interesadas en difundir las ideas de igualdad y liberación femenina.

Estas mujeres, junto a Pilar Villarrazo, Marta Povo, Consuelo Bautista, Marta Sentís y Silvia T. Colmenero, retrataron una ciudad que vivía en tensión y trazaron nuevos mapas de geografía humana. Recorrieron la ciudad del barrio de La Mina hasta El Raval, de la cárcel Modelo a las noches de la intelectualidad de izquierdas de la ciudad y captaron con sus objetivos la realidad desde su lugar en el mundo. Nunca es tarde para reivindicarlas.